ARQUITECTURAS DE LA ILUSIÓN
2001–presente

Arquitecturas de la ilusión investiga las estructuras materiales y simbólicas mediante las cuales intentamos protegernos de aquello que percibimos como amenaza. El proyecto parte de una imagen incorporada al paisaje urbano de Guatemala: muros y tapias coronados con fragmentos de vidrio quebrado. Estas superficies prometen seguridad para quienes permanecen dentro, pero convierten la frontera en una zona capaz de intimidar, excluir y producir daño.

Me interesa la contradicción contenida en esta arquitectura. La protección no elimina la violencia: la organiza, la hace visible y la desplaza hacia el límite. Para producir una sensación de resguardo, la estructura debe comunicar que puede herir. Su eficacia no depende únicamente de impedir físicamente el paso, sino de intervenir psicológicamente sobre quien se aproxima. El vidrio intimida más de lo que protege; construye una expectativa de peligro y modifica la conducta antes de que exista contacto.

El proyecto reúne materiales asociados con la construcción, el cuerpo y la fragilidad. El concreto aporta peso, permanencia y resistencia. El barro remite a una materia terrestre y moldeable, vinculada con el recipiente, el refugio y la posibilidad de construir. El vidrio conserva la evidencia física de una ruptura y, al mismo tiempo, la capacidad de producir otra. Cuando estas materias se encuentran, la vulnerabilidad deja de ser lo opuesto a la defensa: aquello que fue quebrado se convierte en un mecanismo de protección.

El vidrio roto no funciona únicamente como representación de la violencia. Su presencia altera corporalmente la relación con la obra. Exige precaución, establece una distancia y mantiene la mirada consciente de la posibilidad de contacto. La contemplación deja de ser completamente segura y se convierte en una negociación con el límite material de la pieza.

A esta dimensión arquitectónica se suma una reflexión sobre las formas simbólicas de protección. La fe, los signos religiosos y las promesas de salvación pueden ofrecer amparo frente a la incertidumbre, pero también organizar la conducta mediante el miedo, la culpa, la disciplina y la obediencia. La protección física y la espiritual comparten una misma ambigüedad: pueden sostener y acompañar, pero también delimitar, condicionar y excluir.

Las formas utilizadas dentro del proyecto no conservan un significado estable. Una estructura puede ser leída como refugio por una persona y como amenaza por otra. Un signo asociado con el cuidado puede activar memorias de castigo, pecado, sacrificio o autoridad. Me interesa esa inestabilidad porque revela que la seguridad no se construye únicamente con materiales: también depende de narraciones, experiencias y herencias culturales que determinan aquello que cada cuerpo reconoce como protección o peligro.

El título Arquitecturas de la ilusión no afirma que toda protección sea falsa. La ilusión consiste en imaginar que la vulnerabilidad puede eliminarse por completo o que la seguridad puede construirse sin consecuencias fuera de sus límites. Todo refugio establece una frontera; toda frontera determina quién puede entrar, quién debe permanecer afuera y hacia dónde será desplazado el riesgo.

A lo largo del proyecto, estos materiales y operaciones aparecen en diferentes escalas y configuraciones. Algunas formas se relacionan con la arquitectura y el espacio público; otras con la imagen, el cuerpo, el recipiente o la protección espiritual. En todas ellas persiste una misma pregunta: ¿cómo operan las estructuras que prometen protección cuando su eficacia depende de producir miedo, distancia y la posibilidad de herir?

La seguridad aparece así no como la desaparición de la vulnerabilidad, sino como una manera de administrarla. El peligro no desaparece: se concentra en la frontera, se dirige hacia determinados cuerpos y se convierte en parte visible de aquello que construimos para sentirnos a salvo.

ENG.

ARCHITECTURES OF ILLUSION
2001–present

Architectures of Illusion investigates the material and symbolic structures through which we attempt to protect ourselves from what we perceive as a threat. The project begins with an image embedded in Guatemala’s urban landscape: walls and boundaries crowned with fragments of broken glass. These surfaces promise security to those who remain inside, while transforming the border into a zone capable of intimidating, excluding, and causing harm.

I am interested in the contradiction contained within this architecture. Protection does not eliminate violence; it organizes it, makes it visible, and displaces it toward the boundary. In order to produce a sense of safety, the structure must communicate its capacity to injure. Its effectiveness does not depend solely on physically preventing passage, but on psychologically affecting those who approach it. Glass intimidates more than it protects; it produces an expectation of danger and alters behavior before contact takes place.

The project brings together materials associated with construction, the body, and fragility. Concrete contributes weight, permanence, and resistance. Clay evokes an earthly and malleable material connected to the vessel, shelter, and the possibility of building. Glass retains the physical evidence of a rupture while also preserving the capacity to produce another. When these materials meet, vulnerability ceases to be the opposite of defense: what has been broken becomes a mechanism of protection.

Broken glass does not function solely as a representation of violence. Its presence physically alters the viewer’s relationship to the work. It demands caution, establishes distance, and keeps the act of looking conscious of the possibility of contact. Contemplation ceases to be entirely safe and becomes a negotiation with the material boundary of the piece.

This architectural dimension is accompanied by a reflection on symbolic forms of protection. Faith, religious signs, and promises of salvation may offer shelter from uncertainty, but they may also organize behavior through fear, guilt, discipline, and obedience. Physical and spiritual protection share the same ambiguity: they may sustain and accompany, while also delimiting, conditioning, and excluding.

The forms used throughout the project do not retain a stable meaning. A structure may be perceived as shelter by one person and as a threat by another. A sign associated with care may activate memories of punishment, sin, sacrifice, or authority. I am interested in this instability because it reveals that security is not constructed through materials alone; it also depends on narratives, experiences, and cultural inheritances that determine what each body recognizes as protection or danger.

The title Architectures of Illusion does not claim that all protection is false. The illusion lies in imagining that vulnerability can be eliminated entirely, or that security can be constructed without consequences beyond its boundaries. Every shelter establishes a border; every border determines who may enter, who must remain outside, and where risk will be displaced.

Throughout the project, these materials and operations appear in different scales and configurations. Some forms relate to architecture and public space; others to the image, the body, the vessel, or spiritual protection. Across them, the same question remains: how do structures that promise protection operate when their effectiveness depends on producing fear, distance, and the possibility of injury?

Security therefore appears not as the disappearance of vulnerability, but as a way of administering it. Danger does not vanish; it becomes concentrated at the boundary, directed toward particular bodies, and incorporated into what we construct in order to feel safe.


ARQUITECTURAS DE LA ILUSIÓN: BASTIDORES
Reedición posterior de obras e intervenciones realizadas originalmente en el espacio público

Arquitecturas de la ilusión: Bastidores reúne una serie de reediciones de obras que originalmente existieron entre el objeto, la intervención urbana, la acción y el graffiti expandido. Muchas de las primeras piezas realizadas con estos materiales se rompieron o fueron dejadas en la calle como gestos temporales inscritos en el espacio público. Su fragilidad, desaparición y exposición al deterioro forman parte de la lógica de la obra.

La serie parte de bastidores de madera destinados a sostener lienzos para pintura. En estas piezas sustituí la tela por concreto y vidrio roto. El lugar donde habitualmente se construye una imagen es ocupado por una superficie pesada, rígida y potencialmente cortante. En lugar de abrir un espacio de representación, el bastidor se convierte en una frontera.

La obra desplaza el soporte pictórico hacia el lenguaje de los muros, las tapias y las formas cotidianas de protección. El concreto reemplaza la flexibilidad del lienzo por una superficie de clausura, mientras los fragmentos de vidrio roto producen una línea de amenaza. La pintura no representa una arquitectura defensiva: adquiere directamente sus materiales y su capacidad de producir distancia.

Estos elementos remiten a construcciones comunes en el paisaje urbano de Guatemala y de otras ciudades latinoamericanas, donde la promesa de seguridad suele producir también separación, sospecha y exclusión. El vidrio puede cortar, pero su poder no reside únicamente en el daño que podría causar. También opera como ilusión: intimida más de lo que protege y produce una sensación de resguardo sin impedir necesariamente que la frontera sea atravesada.

Dentro de mi práctica, estas piezas se relacionan con una forma temprana de intervenir la ciudad desde otro lenguaje. No eran graffiti en el sentido tradicional, pero compartían con él la urgencia de marcar, desplazar e interrumpir el espacio común. En lugar de incorporar una imagen a la ciudad, trasladaban una de sus formas más naturalizadas de violencia al espacio destinado a la representación.

En estas obras, la seguridad aparece como una tecnología material y psicológica heredada: una estructura que promete protección mientras enseña distancia, miedo y frontera. La sustitución del lienzo transforma el bastidor en un límite real y desplaza la pregunta desde aquello que una imagen puede representar hacia las estructuras que determinan cómo nos aproximamos, qué cuerpos permanecen afuera y qué amenaza sostiene nuestra sensación de estar protegidos.

Materiales: bastidores de madera para lienzo, concreto y vidrio roto
Número de obras: serie de tres piezas
Dimensiones: pendientes
Condición: reedición posterior de obras e intervenciones realizadas originalmente en el espacio público
Piezas únicas

ENG.

ARCHITECTURES OF ILLUSION: STRETCHERS
Later re-edition of works and interventions originally produced in public space

Architectures of Illusion: Stretchers brings together a series of re-editions of works that originally existed between the object, urban intervention, action, and expanded graffiti. Many of the first pieces made with these materials broke or were left in the street as temporary gestures inscribed in public space. Their fragility, disappearance, and exposure to deterioration form part of the logic of the work.

The series begins with wooden stretchers intended to support canvases for painting. In these works, I replaced the fabric with concrete and broken glass. The site where an image would normally be constructed is occupied by a heavy, rigid, and potentially cutting surface. Rather than opening a space of representation, the stretcher becomes a boundary.

The work shifts the pictorial support toward the language of walls, barriers, and everyday forms of protection. Concrete replaces the flexibility of canvas with a surface of enclosure, while fragments of broken glass produce a line of threat. The painting does not represent defensive architecture; it directly acquires its materials and its capacity to produce distance.

These elements refer to structures commonly found throughout the urban landscape of Guatemala and other Latin American cities, where the promise of security frequently also produces separation, suspicion, and exclusion. Glass can cut, but its power does not reside solely in the harm it could cause. It also operates as an illusion: it intimidates more than it protects, producing a sense of safety without necessarily preventing the boundary from being crossed.

Within my practice, these works relate to an early way of intervening in the city through another language. They were not graffiti in the traditional sense, but they shared its urgency to mark, displace, and interrupt common space. Rather than adding an image to the city, they transferred one of its most normalized forms of violence onto the space intended for representation.

In these works, security appears as an inherited material and psychological technology: a structure that promises protection while teaching distance, fear, and borders. Replacing the canvas transforms the stretcher into a physical boundary and shifts the question from what an image may represent to the structures that determine how we approach, which bodies remain outside, and what threat sustains our sense of being protected.

Materials: wooden canvas stretchers, concrete, and broken glass
Number of works: series of three pieces
Dimensions: pending
Condition: later re-edition of works and interventions originally produced in public space
Unique works


ARQUITECTURAS DE LA ILUSIÓN: CRUCES
2008–2012

Esta serie forma parte de Arquitecturas de la ilusión y se desarrolló a partir de dos primeras intervenciones realizadas en 2001 y 2002: pequeñas cruces de concreto y vidrio roto que dejaba en el espacio público. Algunas quedaban recostadas sobre el piso; otras se rompían; algunas permanecían durante días y otras desaparecían en cuestión de minutos. Ese proceso de exposición, deterioro, recolección o pérdida formaba parte de la obra. Las piezas funcionaban como intervenciones temporales, cercanas al graffiti no por su materialidad, sino por su manera de aparecer, interrumpir y activar una lectura en la calle.

Entre 2008 y 2012, esta investigación tomó forma en una serie de cruces de concreto y vidrio roto. De lejos, algunas personas las confundían con formas vinculadas con la tradición del Día del Albañil o con signos familiares del paisaje constructivo y devocional. De cerca, el vidrio incrustado desplazaba esa primera lectura. La cruz dejaba de ser únicamente un emblema de fe, protección o sacrificio y se convertía también en una arquitectura de amenaza, frontera e ilusión de seguridad.

Mi interés nunca fue hacer una crítica religiosa directa, sino trabajar con la cruz como un símbolo cargado de múltiples lecturas. Algunas personas se sentían ofendidas y pensaban que la obra buscaba alejarlas de la religión; otras, por el contrario, leían la cruz como un signo de protección. Otros espectadores reconocían los fragmentos de botellas de cerveza y relacionaban la pieza con el alcoholismo, la culpa o la condena moral.

Esa diversidad de reacciones es una parte central de la obra. La cruz no aparece como un símbolo estable, sino como una estructura de interpretación sobre la que cada espectador proyecta herencias vinculadas con la fe, el miedo, el castigo, la protección, el pecado o el juicio.

El vidrio roto no solo puede herir. También produce una ilusión de resguardo. En muchas arquitecturas urbanas, los fragmentos de vidrio colocados sobre muros y tapias intimidan, delimitan y prometen protección, aunque no impidan realmente que una frontera sea atravesada. En estas cruces, esa lógica defensiva se une al concreto y al símbolo religioso para producir una tensión entre cuidado y amenaza, devoción y violencia, amparo y exclusión.

Dentro de mi práctica, Arquitecturas de la ilusión: Cruces observa cómo ciertos símbolos y materiales heredados organizan nuestra manera de habitar el miedo. La cruz, el concreto y el vidrio roto condensan una misma pregunta: ¿qué estructuras creemos que nos protegen, qué heridas producen esas estructuras y cómo una sociedad transforma la vulnerabilidad en arquitectura, fe o frontera?

Materiales: concreto y vidrio roto
Periodo de producción: 2008–2012
Antecedentes: dos intervenciones temporales realizadas en el espacio público en 2001 y 2002
Dimensiones: variables
Serie de piezas únicas

ENG.

ARCHITECTURES OF ILLUSION: CROSSES
2008–2012

This series forms part of Architectures of Illusion and developed from two early interventions carried out in 2001 and 2002: small crosses made of concrete and broken glass that I left in public space. Some remained lying on the ground; others broke; some stayed in place for several days, while others disappeared within minutes. This process of exposure, deterioration, collection, or loss formed part of the work. The pieces functioned as temporary interventions related to graffiti, not through their materiality, but through the way they appeared, interrupted, and activated a reading in the street.

Between 2008 and 2012, this investigation took the form of a series of crosses made from concrete and broken glass. From a distance, some people mistook them for forms associated with local traditions surrounding Builders’ Day or for familiar signs within the architectural and devotional landscape. At close range, the embedded glass displaced that initial reading. The cross ceased to be solely an emblem of faith, protection, or sacrifice and also became an architecture of threat, boundary, and the illusion of security.

My intention was never to make a direct critique of religion, but to work with the cross as a symbol charged with multiple interpretations. Some people felt offended and believed that the work sought to distance them from religion; others, by contrast, read the cross as a sign of protection. Other viewers recognized fragments of beer bottles and associated the piece with alcoholism, guilt, or moral condemnation.

This diversity of responses is a central part of the work. The cross does not appear as a stable symbol, but as a structure of interpretation onto which each viewer projects inheritances connected with faith, fear, punishment, protection, sin, or judgment.

Broken glass does not merely have the capacity to injure. It also produces an illusion of safety. In many forms of urban architecture, fragments of glass placed along the tops of walls and barriers intimidate, establish boundaries, and promise protection, even though they do not necessarily prevent a border from being crossed. In these crosses, this defensive logic joins concrete and the religious symbol to produce a tension between care and threat, devotion and violence, shelter and exclusion.

Within my practice, Architectures of Illusion: Crosses examines how inherited symbols and materials organize the way we inhabit fear. The cross, concrete, and broken glass condense the same question: what structures do we believe protect us, what injuries do those structures produce, and how does a society transform vulnerability into architecture, faith, or borders?

Materials: concrete and broken glass
Production period: 2008–2012
Precedents: two temporary interventions produced in public space in 2001 and 2002
Dimensions: variable
Series of unique works


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Abstracciones geométricas (geometric abstraction)